Es momento de confesar que, siendo una mujer hiperfemina!: Nunca tuve una Barbie.
Ni siquiera tuve alguna Barbie fuera del mercado comercial como ser una Barbie Alienigena (con los ojos negro, grandes y alargados y la piel verde), o Barbie Alcholica (con la mirada medio perdida y un porrón en la mano) o Barbie tortillera (con el pelo corto y vestida de pantalones).
Pero jamás renegue de ello. Al contrario miraba con desprecio a mis coetáneas que se desvivían por ellas y hacían promesas incumplibles por el sólo hecho de adquirir una más para sus vitrinas.
Alrededor de mis 11 años habían llegado al país estas muñequitas perfectas y rubias, que ya las conocíamos a través de amigas que habían viajado al exterior y las traían como trofeo, o algún que otro pariente que las compraba por encargo.
Tuve una Mandy y una Samy, perfectas pero no tanto como las originales y deseadas Barbies.
A los 12 ya me sentía lo suficientemenete adulta como para dejar de jugar con muñecas, así que en lugar de pedir una, pasé a soñar con remeras de colores Benetton y camisas Jhon L. Cook .
Para esa época fui de visita a la casa de una amiga de mi mamá, tenía una hija de mi misma edad, sòlo que ella, usaba camisas con vuelitos y peinados con trabas y cintas.
Me pasé una hora completa mirándola , sin poder entender cómo hacía para verse agradable a pesar de su vestimenta. Al tiempo, mi mayor miedo se concretaba, nos obligaron a interactuar:
¿Por que no van a jugr a la pieza?, djo su madre con un tono de voz firme.
Terminamos las dos encerradas en su cuarto que olia a frutillita y despedía tanto color rosa que mis ojos comenzaron a sangrar, o al menos eso creí.
Sacó de un estante alrededor de 8 Barbies, la Tropical, la Cristal, la Hawaiana, entre otras que difícilmente pueda recordar, tenia además la casa, el auto y un Ken vestido de smoking.
Las tomé y al verlas, no pude mas que darles vida, tan bellas, con sus trajecitos brillantes y perfectos, sus pelos dorados y largos que invitaba a peinarlas y a colocarles los miles de accesorios que tenía mi amiguita ocasional en una cajita, rosada.
Fueron dos horas de satisfacción en mi vida, me había olvidado del chico que me gsutaba, del jopo caído, de mis miedos por ir a la depiladora o esperar con ansias la mestruacion. En dos horas todo lo relacionado a ser una niña se había vuelto a despertar.
Nunca más la vi y nunca más volví a jugar con Barbies, unos meses después a ese encuentro, me ponía de novia y días después recibía mi primer beso.
Ese día, lo recuerdo, como mi último día del niño.
Imagen: V. vitar

