
Son graciosas, ellas siempre hacen algo que terminan en una anécdota divertida y ocurrente.
No poseen otra virtud que la de ser extremadamente olvidadizas, extravían cosas, personas, animales, y poseen la clama del yedi a la hora de solucionar alguno de los inconvenientes que les ocasiona su desmemoria.
No se alteran.
Saben, por exceso de experiencia de sucesos nefastos, que nada se puede hacer una vez cometido el olvido, y resuelven el inconveniente de forma clama, sonriente y picarezca.
Llegan de viaje, salen del aeropuerto y casi apunto de tomar un taxi olvidan que su cartera quedo bajo el asiendo 17C del avión. Tranquilas, dan la media vuelta, preguntan en la empresa adecuada y explican lo sucedido, sentándose a leer una revista mientras el resto de la aerolínea se desvive por encontrar el bolso y devolverlo.
Tienen suerte.
Sus celulares olvidados en una mesa de bar, son retenidos por los mozos hasta una semana después del hecho, guantes y paraguas vuelven a ellas de forma mágica, casual y relajada, no hacen mucho o casi nada para reencontrarse con ellos, y como si tuvieran imanes ellos se trasladan nuevamente hacia su dueña, recuperando en lugares y momentos precisos, lapiceras, guías T, pañuelos, collares y calzones!
Pasan su vida de forma circular en este movimiento, perdida, olvido, recuperación, y nuevamente perdida!.
Causan en las personas cercanas un malestar difícil de explicar, entre el dolor por lo que se extravío y la bronca por la cero actitud de preocupación del damnificado. Esto ocasiona que la gente que las circunda se movilice, haga llamadas, deje de bailar para iluminar con celulares el piso a fin de encontrar la llave del auto de La Volada, mientras ella, sigue en un rincón presumiéndose con cualquier espécimen.
Envidio a La Volada, soy un poco así y me obligo a serlo, en definitiva, llevan el lema cotidiano como bandera, que si uno lo piensa bien, te sirve para otros sucesos en la vida:
" cuando se pierde algo, hay que liberarlo,
mientras más lo liberás, es más fácil recuperarlo".
La preocupación, la búsqueda frenética y la amargura por lo que tuvimos y ya no está, no sirve de nada.
Así estoy yo, convenciéndome de que no vale la pena hacer un duelo por cosas insignificantes, un día subiré a un taxi, la cara del tipo me resultará familiar, le contaré que en un auto muy similar al suyo dejé alguna vez una agenda en la cual había escrito mis momentos mas aterrorizantes del año más caótico de mi vida, y así sin proponermelo demasiado, el tipo con voz ronca de fumador cansado me dirá:
"yo la tengo, ¿la quiere todavía?"
Imagen.V.Vitar.