
Luego de 12 días antes de ayer se despidió a Michael Jackson, el rey del pop, con un ataúd bañado en oro en medio de un escenario plagado de flores rojas mientras amigos y no tanto cantaban sus canciones o le dedicaban palabras a su memoria, todos vestidos de riguroso negros, con guantes plateados y anteojos oscuros.
La capacidad organizativa de esta gente me impresiona, acá para trasmitir una entrega de Martin Fierro por ejemplo se preparan al menos 6 meses, y llegado el momento, la imagen se distorsiona en la parte mas esperada, los invitados se descontrolan y jamás se entiende un pomo lo que quieren decir, por el pésimo sonido.
En fin.
Se murió Michael, para muchos era el negro que se volvió blanco, el que le gustaban los pibes, el que no quería crecer y se iba deformando a través de los años, el que bailaba raro o el que hizo cantar a medio continente “gui are de guorld”, sin saber inglés y por pura fonética igualmente emocionarnos.
De todo lo que escuche en ese funeral me quedo con esta frase dicha por un reverendo enajenado:
Reverendo, le digo la verdad: ERA RARO!! Rarísimo.
Por estos días a nadie le sorprende subirse a un micro y compartir asiento con uno con barbijo, y ese Michael es el humilde Tributo que la humanidad te otorga: Poner de moda la ridiculez de tu vida paranoica.
Cuando por fin tenías motivos para usar tu bendito el barbijo, cuando por fin había una pandemia que justifique tu ridiculez…





