
¿Que hace una mujer un sábado a la tarde mientras su pareja juega al fútbol, se dedica a algún hobby o simplemente decide dormir una eterna siesta?
Sufre.
Con cada evento social se produce una movilización estresante pero necesaria.
El dia viernes ya te diste cuenta que los pelos de tu pierna han asomado hace casi una semana atrás, por lo general uno trata de hacerse la boluda usando pantalones, pero la realidad del vestido que te vas a poner, hace que pidas turno para depilarte al otro día.
Asi arranca tu sábado, turno para la depilación a las 10.
Considero que con la depilación pasa algo mágico, aunque te pongas en manos de profesionales, es inevitable que llegues a tu casa para buscar más pelos. Desaforada, buscas la pincita que sabes que mejor los saca. No te importa si el ritual deja marcas, pequeños folículos, cicatrices, sangrado, el placer de quitarse el vello del cuerpo supera a cualquier sufrimiento, convirtiéndonos en expertas del masoquismo.
Una vez terminado el ritual pelos, se inicia otro con tus uñas. Han crecido en dirección opuesta unas de otras, cada cual siguió su camino por lo que requieren si o si, manicura e incluso pedicuria. De nada vale tratar de pintarlas uno mismo, al terminar el proceso, lo mas seguro es que pidas turno con un médico, suponiendo el inicio de una enfermedad tipo parkinson por la desprolijidad que te mandaste.
Ni hablar de las compritas a último momento, un par de medias (siempre las que tenes estan rotas), algún corpiño que produzca el milagro de harcerte parecer proporcionada con el culo que portas, o zapatos, por que nunca, pero nunca, los que tenes combinan con lo que te vas a poner.
Ya iniciando la tarde, en lugar de relajarte y esperar el evento, se produce el sumum del estrés: Peluquería.
Por mas que tengas un pelo barbaro y en toda la semana te las arregles con un secado ligero o una planchita rápida, el día del evento, si o si , tu melena amanece indomable, como sabiendo que es su oportunidad de estar en manos de expertos.
Las peluquerías son ese mal necesario por el cual tenemos que atravesar en nuestras vidas. Cada vez que vamos nos arroja la ilusión de que las horas muertas que le dedicamos a lectura obligada de absolutamente todas las revistas de chimentos y moda, los cafés azucarados y las conversaciones innecesarias que sufrimos con otras victimas en la espera, nos devolverá una cabellera hermosa y brillosa.
No es así.
Por lo general durante la espera vemos en una revista algún peinado nuevo, y al llegar nuestro turno, nos jugamos con lo diferente. Tanto, que llegamos a nuestros hogares tratando por todos los medios de volver al clásico peinado cotidiano.
Como si esto no tendría su fin, todavía falta el maquillaje, vestirnos y colocarnos la bijou.
Nos quedan solo 15 minutos para llegar al evento.
En la recta final, comienza la puteada porque el vestido tiene una “fallita” que no la percibiste cuando te lo probaste, y el delineador de ojos, se acabó justo cuando estabas por pintarte el otro ojo.
Cuando, ya estas crispada del todo, notas que tu pareja se levanta del sillón, se coloca tranquilamente el saco, se anuda la corbata, juega con el perro, prende un cigarrillo y te dice:
¿Te falta mucho ?





